El abanico que abres en una terraza de Madrid en pleno julio tiene detrás una historia de varios milenios, tres continentes y un cambio de forma que lo transformó por completo. Empezó siendo un objeto rígido, ceremonial, reservado a faraones y emperadores. Terminó plegándose, abaratándose y metiéndose en el bolso de cualquiera. Por el camino pasó por la corte, por los salones, por la verbena y por el tablao. Y en algún punto de ese recorrido dejó de ser un invento oriental para convertirse en algo que medio mundo identifica con España.

Esta es la historia del abanico contada por una tienda que se dedica solo a ellos. Hemos intentado separar lo que se sabe con certeza de lo que se repite de blog en blog sin fuente, porque en este tema circulan muchas fechas y no todas cuadran.

En resumen: los abanicos rígidos existen desde el Antiguo Egipto y China; el abanico plegable nace en Japón y llega a Europa en el siglo XVI a través del comercio portugués. En el siglo XVIII vive su edad de oro en Francia y España, y en el XIX Valencia se convierte en el gran centro productor español.

Antes del abanico plegable: flabelos y pantallas

Lo primero que hay que aclarar es que «abanico» no siempre ha querido decir lo mismo. Durante la mayor parte de la historia, un abanico era una pieza rígida: una pantalla de plumas, hojas de palma, tela o piel sujeta a un mango. Es lo que en la antigüedad se llamaba flabelo.

Abanico rígido de palma trenzada, tipo pai-pai, antecesor del abanico plegable
Un abanico rígido de palma trenzada: una sola pieza, sin varillas ni pliegues. Así eran los abanicos antes de que se inventara el plegable.

Los ejemplos más antiguos que se conservan son egipcios. En la tumba de Tutankamón aparecieron abanicos ceremoniales de mango largo, pensados para que un sirviente los moviera, no para que los sujetara el propio faraón. Ahí el abanico era un símbolo de poder tanto como un instrumento contra el calor. Grecia y Roma adoptaron objetos parecidos, y en China existen abanicos rígidos de seda y bambú desde hace más de dos mil años.

Ese abanico rígido nunca ha desaparecido del todo. El pai-pai que todavía se vende en cualquier mercadillo español es, en el fondo, su heredero directo.

El abanico plegable nace en Oriente

El gran salto es el plegado. La mayoría de los historiadores sitúa el origen del abanico plegable en Japón, en torno a los siglos VII a IX, y su paso posterior a China, donde se perfeccionó y se convirtió en un objeto de lujo asociado a la caligrafía y la pintura. Las fechas exactas se discuten, pero el consenso sobre el origen japonés es amplio.

Abanico plegable oriental con caligrafía china sobre papel dorado y varillas de bambú
El abanico plegable nació en Asia: varillas de bambú y país de papel, a menudo con caligrafía o pintura.

La idea es tan simple como brillante: un juego de varillas unidas por un eje en un extremo y una hoja —lo que en el oficio llamamos país— pegada sobre ellas. Cerrado, ocupa nada. Abierto, despliega una superficie que se puede pintar, escribir o bordar. Es un formato que no ha cambiado en su esencia desde entonces, y los artesanos lo siguen montando con la misma lógica: varillas, clavillo y país.

Llegada a Europa: el siglo XVI y las rutas portuguesas

El abanico plegable llega a Europa en el siglo XVI, cuando los navegantes y comerciantes portugueses abren las rutas con Asia. Entra por la península ibérica y por Italia, y de ahí pasa al resto de cortes europeas. En muy poco tiempo se convierte en un objeto de moda entre la nobleza: caro, exótico y perfecto para lucir en la mano.

Aquí conviene ser prudentes con una idea que se repite mucho: que el abanico «es español porque llegó por España». Llegó, sí, por los puertos ibéricos, y España tuvo un papel temprano en su difusión. Pero durante los siglos XVI y XVII fue sobre todo un lujo de corte en toda Europa, y el gran centro de fabricación de calidad no estaba aquí, sino en Francia. Lo que sí hizo España, más tarde, fue algo distinto y más interesante: convertirlo en un objeto popular.

El siglo XVIII, la edad de oro del abanico

París y los abanicos pintados

Si hay un siglo del abanico, es el XVIII. París concentra los mejores talleres y fija el modelo de abanico de lujo: varillaje de nácar, marfil o hueso, calado y a veces dorado; país de piel fina, seda o papel; y una pintura en miniatura con escenas mitológicas, pastoriles o galantes. Cada pieza es una obra en tres partes —país, varillas y clavillo— y cada parte tiene su especialista.

Abanico pintado a mano con una dama en un jardín, al estilo de las escenas galantes del siglo XVIII
Las escenas galantes del siglo XVIII siguen inspirando abanicos pintados a mano, como el Abanico Romántico Danta.

Es también el siglo en que el abanico se convierte en un accesorio imprescindible del vestido femenino. No se sale sin él. Se elige a juego con el traje, se cambia según la ocasión, y en los retratos de la época aparece con la misma naturalidad que las joyas.

España: corte, majas y abanico castizo

En España el siglo XVIII tiene dos caras, y el abanico está en las dos. Por un lado, la corte de los Borbones importa la moda francesa: abanicos de lujo, pintados, muchos de ellos traídos de París o hechos aquí a imitación. Por otro, el casticismo: la moda de lo popular, de los majos y las majas, que la propia aristocracia adopta como juego. Y el abanico —barato, de madera y papel, con estampas en lugar de miniaturas— pasa a formar parte de esa estética castiza.

Basta mirar a Goya. En sus cartones para tapices y en sus retratos, el abanico aparece una y otra vez en manos de majas, damas y actrices, y no como un adorno de corte, sino como parte del gesto y de la actitud. Ahí está, ya en el siglo XVIII, el germen de lo que hace al abanico español distinto: no es solo un objeto de lujo, es un objeto de carácter.

El siglo XIX: Valencia, la Real Fábrica y el lenguaje del abanico

El siglo XIX es el siglo en que el abanico se hace español de verdad, en el sentido de que empieza a fabricarse aquí a gran escala. El centro es Valencia. A comienzos de siglo —la fecha que se cita habitualmente es 1802— se funda en la ciudad una Real Fábrica de Abanicos con el objetivo de competir con la producción francesa. Su vida como institución fue corta, pero el impulso quedó: a lo largo del siglo, Valencia y en especial la localidad de Aldaia se convierten en el corazón abaniquero de España, con talleres, oficios especializados y una tradición que llega hasta hoy. No es casualidad que el museo dedicado al abanico esté precisamente en Aldaia, y que en valenciano el abanico se llame palmito.

Mientras tanto, el abanico se democratiza. La producción semiindustrial abarata el varillaje de madera, la litografía sustituye a la pintura a mano en los abanicos corrientes y el objeto llega a todas las clases sociales. En Madrid se vende en las tiendas de la Puerta del Sol y en los puestos de las verbenas; se regala, se hereda, se presta.

Es también el siglo del Romanticismo y, con él, de el lenguaje del abanico: ese código de gestos, con sus «abanicarse deprisa» y sus «cerrarlo de golpe», que folletos y revistas difundieron por toda Europa. Ese código nunca fue tan secreto ni tan usado como cuentan, pero fijó para siempre la imagen del abanico como objeto de cortejo. Y el abanico de baile —el pericón, grande, de varillaje largo— se consolida como pieza propia de la escena y del flamenco.

El siglo XX y el abanico como objeto cotidiano español

En el siglo XX, el abanico desaparece del vestuario de moda en casi toda Europa. Cambian los vestidos, cambian las costumbres y el aire acondicionado hace el resto. En España, en cambio, ocurre algo curioso: el abanico deja de ser moda pero no deja de usarse. Sobrevive como objeto cotidiano de verano, sin pretensiones, en manos de abuelas, de señoras en misa, de cualquiera en el metro en agosto.

Comparativa de tamaño entre un abanico pericón de 38 a 42 cm y un abanico mini de 12 a 15 cm
Del pericón de feria al abanico mini de bolso: en el siglo XX el abanico se adaptó a cada ocasión.

Esa supervivencia popular es lo que explica que hoy el abanico se identifique con España más que con ningún otro país europeo. No es que aquí se inventara, ni que se hicieran los más lujosos. Es que aquí nunca se dejó de usar. Y donde hay uso, hay oficio: los talleres valencianos siguieron produciendo, y en ciudades como Madrid sobrevivieron tiendas y artesanos que mantuvieron la fabricación a mano cuando ya casi nadie lo hacía.

El abanico hoy: de complemento de moda a pieza de colección

El abanico ha vuelto a la moda, y esta vez desde abajo. Lo vemos a diario en nuestra tienda: gente joven que lo compra como complemento, parejas que lo encargan como detalle de boda, clientes de fuera de España que lo llevan como recuerdo con significado. Las pasarelas lo han recuperado, las series de época lo han puesto de nuevo en pantalla y las redes han hecho el resto.

Abanico actual con varillaje calado negro y país rojo pintado a mano con flores blancas
Un abanico de hoy: varillaje calado y país pintado a mano, como el Abanico Calado Negro.

Al mismo tiempo ha crecido el coleccionismo. Un abanico bien hecho —varillaje trabajado, país pintado a mano, montaje cuidado— es un objeto que se conserva durante generaciones, y hay un público que busca precisamente eso: piezas de coleccionista que se compran no para un verano, sino para siempre.

Lo que más nos gusta de esta historia es que el proceso apenas ha cambiado. Los abanicos de nuestra colección, hechos por casas artesanas españolas con más de cincuenta años de oficio, se montan igual que hace dos siglos: se prepara el varillaje, se pliega el país, se casa una cosa con la otra y se remata a mano. Las herramientas son las mismas; lo único que ha cambiado es quién lo compra y para qué.

La historia del abanico en diez fechas

  1. Antigüedad. Abanicos rígidos (flabelos) en Egipto, Grecia, Roma y China. Objeto ceremonial y de poder.
  2. Siglos VII-IX. Aparece el abanico plegable en Japón; pasa después a China.
  3. Siglo XVI. Llega a Europa por las rutas portuguesas con Asia. Lujo de corte.
  4. Siglo XVII. Se extiende por las cortes europeas; empiezan los talleres especializados.
  5. Siglo XVIII. Edad de oro. París fija el abanico de lujo pintado; en España convive la moda cortesana con el abanico castizo de las majas.
  6. Principios del siglo XIX. Se funda en Valencia una Real Fábrica de Abanicos (la fecha citada habitualmente es 1802).
  7. Siglo XIX. Valencia y Aldaia se consolidan como centro productor. Se populariza el lenguaje del abanico. El pericón se afianza en el baile.
  8. Finales del XIX - principios del XX. Producción semiindustrial; el abanico llega a todas las clases sociales.
  9. Siglo XX. Desaparece de la moda europea, pero en España sigue en uso cotidiano.
  10. Hoy. Vuelve como complemento de moda, detalle de boda y pieza de colección; los talleres artesanos mantienen el oficio.

Preguntas frecuentes sobre la historia del abanico

¿Dónde se inventó el abanico?

El abanico rígido existía ya en el Antiguo Egipto y en China. El abanico plegable, el que hoy entendemos como «abanico», se atribuye a Japón, en torno a los siglos VII a IX.

¿Cuándo llegó el abanico a España?

En el siglo XVI, a través de las rutas comerciales portuguesas con Asia. Entró por la península ibérica y desde ahí se extendió por las cortes europeas.

¿Por qué el abanico se considera español si viene de Oriente?

Porque España fue el único país europeo donde el abanico nunca dejó de usarse en la vida cotidiana. En el resto de Europa desapareció con la moda del siglo XX; aquí sobrevivió como objeto popular, y eso lo convirtió en símbolo.

¿Por qué Valencia es la cuna del abanico español?

Porque a lo largo del siglo XIX concentró la producción: allí se fundó una Real Fábrica de Abanicos a principios de siglo y allí, sobre todo en Aldaia, se desarrolló una industria abaniquera que sigue activa.

¿Qué es un pericón?

Un abanico de gran tamaño, con varillas largas, pensado para el baile y la escena. Es el abanico característico del flamenco.

¿Cuál es el abanico más antiguo que se conserva?

Entre los más antiguos están los abanicos ceremoniales hallados en la tumba de Tutankamón, en Egipto, con más de tres mil años. Son rígidos, de mango largo, y estaban pensados para que los moviera un sirviente.

Un objeto que sigue en marcha

La historia del abanico no es la de un invento, sino la de una adaptación continua: de rígido a plegable, de ceremonial a íntimo, de lujo a objeto popular. Cada época lo ha usado para lo que necesitaba —poder, moda, cortejo, calor— y el abanico ha aguantado todas las traducciones. Nosotros solo formamos parte de la última: una tienda que trabaja con artesanos que siguen montando país sobre varillas mientras la historia, un poco más lenta que un verano, sigue escribiéndose.

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