Detrás de un abanico aparentemente sencillo hay muchas horas de trabajo. Seleccionamos maderas nobles —peral, abedul, kotibé— por su resistencia y su veta. Montamos el varillaje a mano, preparamos el país de tela y, después, llega la magia: el pintado a mano, trazo a trazo, respetando los tiempos de secado.
Por eso no existen dos abanicos iguales. Las pequeñas variaciones del pincel son, precisamente, lo que convierte cada pieza en una obra de artesanía española irrepetible. Una pequeña imperfección humana que vale más que cualquier perfección de máquina.
Es lento. Es exigente. Y es exactamente como queremos seguir haciéndolo.